Tuesday, December 12, 2006

Una temporada en el infierno

Una temporada en el infierno

A Gabriel Bellettini García

Las pesadillas siempre tienen un final feliz, el problema es que despertamos antes de tiempo.

Los barrotes son el paisaje, la escultura interminable de la paciencia y la muerte. Cada segundo, cada minuto, cada suspiro, todo transformado en coartada, en atajo urgente. Levanto la mirada, me encuentro otra vez con el horizonte enrejado, entiendo menos la trama de esta historia. Los colores de este tiempo van del gris al negro, no sé cuantas horas faltan para que amanezca. No tenemos baño y no sé en qué rumba anda mi ángel de la guarda. Afuera, una tormenta de cigarras incendia la hierba seca, un chofer acelera. El océano es un recuerdo insolente.

Llevamos más de un día o tal vez quince minutos en esta celda nauseabunda, aquí el tiempo ya es solo una hipótesis más. Lo único real es el hedor a amoníaco impregnado en poros y neuronas. Las cucarachas y sus trazos audaces, la absoluta certeza de que nadie sabe dónde estamos, ni siquiera un crucigrama o la foto de una latin model. Los pensamientos saben a barranca, trinchera de hospicio, aullido de jauría. Tengo sed. Los hermanos Vial se abrazan, intentan derretir los barrotes de este infierno, Chocho en posición fetal se acurruca, cierra los ojos con furia, yo miro la silueta de los barrotes. Perder la libertad es el primer paso para entender el valor de ella.

Los policías festejan, escuchan a Molotov, una canción en especial que la repiten como himno: la policía te está extorsionando, dinero
pero ellos viven de lo que tú estás pagando…
El volumen es tan alto que no nos deja dormir, solo nos queda mirarnos y reír, quien dijo que el realismo mágico era una simple estrategia de marketing, ahí estaba el realismo mágico, el bacanal de los tiras con la canción más anti-establishment que había y nosotros presos por haber pintado grafitis contra el hombre más rico del Ecuador. Ni siquiera nos dejaron hacer una llamada a nuestros familiares o amigos.

La desesperanza se apodera del grupo, Chocho se cubre la nariz con mi chompa de algodón, Victor agarra los barrotes con furia y los sacude, grita por milésima vez: oficial. Alex camina como un rinoceronte enjaulado, de lado a lado, uno, dos , tres pasos, media vuelta, uno, dos, tres pasos… Yo buceo en mis recuerdos, intento cazar una imagen que me de la fuerza para resistir la horizontalidad extenuante del prometeo cautivo. Camus en “El Extranjero” decía que a un hombre le bastaba haber vivido un día libre para soportar el resto de la vida en prisión.
El desafío es construir recuerdos placenteros, darles color, sabor, movimiento. Muisne, 1992, corro desnudo hacia el mar, siento la brisa, el rumor de las olas y su complicidad. Llego al mar, una bandada de gaviotas abren un arco en fuga, siento la sal y la espuma, me sumerjo, viajo en la carnosidad acuática, tomo aire, floto tranquilo, diviso un alcatraz. Permanecer en esa playa, ataviado por la música elíptica de las caracolas, atravesado por el verdor implacable de los manglares, desnudo, sin tiempo, ni gloria.

Cuatro jóvenes sentados en un colchón empapado de sus propios orines dentro de una celda oscura, se toman las manos y cierran los ojos. Uno de ellos, el más pequeño, inicia una plegaria, el Padrenuestro, la convicción de su oración inunda la fetidez del aire. El más delgado se suma a la plegaria mientras los otros dos asienten a cada frase del orador, todos intentan crear una red espiritual, magnética, invencible. La oración se escucha con más fuerza, recorre todos los umbrales entre el salto y el miedo, entre la pureza y el asombro. En ese instante soy un ateo que reza a un Dios sin imagen ni tumba, a un Dios para escapar, un Dios vándalo que disfrute de la música de Bach, que robe libros, que adoré “El último tango en París” y lea a Cortázar.

La sed era un idioma universal, empecé a revisar las botellas de gaseosa que habían dejado otros presos, ahí vi la liquidez turbia de la muerte como un milagro más, destapé una de las botellas, pensé en la orino terapia, en tantos naufragios que podían disolverse con un sorbo. Chocho me dijo que no se me ocurra beber de ahí.

Después de una hora apareció un señor de mirada decidida, dijo que nos habían secuestrado y que la policía había violado todos los procedimientos para apresarnos. Nos iba a liberar inmediatamente. Los cuatro reclusos nos abrazamos con una intensidad extática. Funcionó la oración, Dios tiene alma de grafitero, o simplemente fue la suerte, no lo sé. Nunca olvidaré aquel Padrenuestro.


El candado se abre, yo había intentado limarlo con una llave de la casa, apenas le deje una marca, un souvenir más para ese rincón del averno. Pasamos el umbral de la celda con cierto temor, pero no, estamos libres. Es más del mediodía, la luz solar golpea con una inusitada violencia nuestros ojos, la sensación lumínica es casi paralizante, el aire fresco ingresa en nuestros pulmones como sustancia recién descubierta, llego al auto, lo abro y saco una botella de agua, el bocado más exquisito y delirante. Tengo siete llamadas perdidas en mi celular.

Botas Sketcher $100, chompa Timberland $80, pantalón Benetton $50, polo Náutica $40, boxer Calvin Klein $20. Quemar la ropa con la que permaneciste preso por 23 horas en la celda más horrible de Bahía de Caráquez no tiene precio. Hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás está AVARITO.

El fuego baila arengado por la brisa mientras el ritual pagano de los cuatro ex presidiarios avanza. Los amigos miran hipnotizados la pira hambrienta que consume hedores y desastres, miedos y suplicas. Hay un efecto pirotécnico cuando las olas revientan en la arena, una bengala estalla a lo lejos.

Wednesday, October 11, 2006

Ni mártir ni héroe

NI MARTIR NI HEROE

Despiertas sumergido en tu sangre, la ciudad se ahoga en tu sangre, la ciudad te olvida. No respirar, mejor quedarse quieto mientras los torturadores terminan su trabajo, mejor catar la muerte, recordar la muerte, soñar la muerte.
Ahora sí, te atraparon, el tiempo se deshace en forma de aullido, ¿dónde están las tempestades que te refrescaban?, ¿dónde andarán los ángeles ebrios que siempre alcanzaban a detener el gatillo?, ¿en qué terminó la sinuosa perfección de las pesadillas de las que salías impoluto y sonriente?. Ahora sí, fueron más rapaces, más intempestivos, aparecieron de la nada, ya los habías olvidado, creías que solo habitaban tus fantasías. Les diste nombre, color, agilidad, latidos; pensaste que podían recorrer libremente tus historias, vagar por los meandros de tu inconsciente sin tocarte, creíste demasiado en tu poder para jugar con demonios y sepultureros. Abusaste de tu suerte, ahora despiertas con la sangre pegada al rostro, ahora no sabes si podrás seguir silbando con la misma inocencia por las calles de la ciudad que siempre pensaste tu fortín, tu punto de llegada, tu madriguera.

Una ciudad se convierte en un mundo cuando encuentras a alguien a quien amar decía Durrell, ahora la desangelada babilonia se vuelve arma mortal, la ciudad de lobos te destroza y ríe. En medio de la colisión, una delicada certeza, ya no eres inalcanzable, ya eres parte del caos y la gangrena del espíritu. Te han atrapado, no hay alcantarilla por donde escapar, la ilusión se hace metástasis, canto mortuorio, acrobacia fallida.

Te desprendes del asfalto, una fuerza ciclópea quiere elevarte hasta las estrellas, busca tu constelación favorita, trata de colocarte en el anverso de los deseos y convertirte en viento. Sin embargo la gravedad detiene el escape de todos los demonios y luciérnagas.
Aletear de cuervos, silencio, recuperas la conciencia aunque ya no sabes si se trata de otra vida, nunca será la misma vida. Tantas paradojas, y puntos de quiebre en tan pocos segundos, uno de tus captores te levanta, escucha la música de tu stéreo, algo de Momentary lapse of the reason, te dice: ¿es Pink Floyd verdad?,tú asientes y comprendes más la fragilidad de la vida, la evanescente frontera entre razón y sueño, entre dolor y marea.

Te han devorado algunas vidas, quizá te queda una sola, manejas casi mecánicamente, urgentemente, la sangre ha quedado en el asfalto.

Demasiado lúdico para una simple banda de matones adictos al poder. El poder, esa sustancia que disuelve alas, que acostumbra al tedio, que fabrica amigos, puñales y rituales. Respiras.
Aceleras, buscas una clínica, le preguntas a Víctor cómo está, te responde que lo de él no fue nada y que avances al Vozandes. Mientras conduces sientes el calor de la sangre en todo tu rostro, tu chompa tatuada de rojo, las avenidas tinturadas de púrpura, por un momento crees que tu cerebro se va desgranando con la melodía de Gilmour, Learning to fly… debería ser la banda sonora de tu entierro.
Tal vez ya te fuiste, tal vez rebasaste el límite, la ira te invade, demasiada cobardía, toda la cobardía del mundo enfrentada contra tu carne, tu mente trata de no desprenderse. Todavía tienes un mapa de calamidades, sabes adónde llevar tu cadáver, no te asusta tanto la muerte como hace unos años, serpenteas el tráfico, hay un operativo en plena Amazonas, le dices al oficial que te deje pasar, que estás muy herido, el tipo asiente y te dice que vayas rápido al hospital.
El viento helado de la noche ingresa a raudales por el vidrio del Gol, miras al cielo, demasiadas estrellas como para pedir deseos, mejor acelerar, la adrenalina sigue siendo la mejor anestesia. Una parte de ti regresa al charco de sangre, aprietas el volante y le preguntas a Víctor si es que estás muy mal, él te dice, demasiado sereno, que te sacaron la puta y que llegues pronto al hospital.

Los días se suceden en forma de martillazos, la pesadilla sigue incrustada en tu sien, no puedes recordar los rostros de tus captores, la irrealidad del dolor es tan mágica como la de cualquier historia que sospechas verídica y seductora. Ahora es tu muerte, ahora miras a la gente y encuentras un ejército de sospechosos, ahora la ciudad se ha hecho sombra, corazón de refinería, pulpo de odio, mastín rabioso. Ahora tienes que inventar un nuevo atajo, buscar una musa o componer una canción. Demasiada audacia e ingenuidad en una sola vida, diste excesivas ventajas, acaso olvidaste la letra de tiempos violentos de los Ilegales, “toma un arma, eso te salvará…

Hasta que llega un día, como hoy. Te levantas como una polvareda de estampillas de duendes. Abandonas el espejismo, el artificio, la duda. Los sorbos de muerte se hacen una sola revelación. La fiereza, toda la continuidad del viaje, las incógnitas y atajos coinciden en el mismo lugar, la misma pupila del destino se dilata hasta recuperar la mirada caleidoscópica. El viento ahuyenta smog y trae nuevos personajes, ahora sabes el valor de la partitura no leída, del beso no esculpido, de la ola que revienta en tu espalda. No hay drama.

Friday, August 04, 2006

Tengo La Camisa Negra: reflexiones acerca de un graffiti musical


En Pedro Páramo, Juan Rulfo logró hacer que las paredes de Comala hablen, ahora el reto era hacer que las paredes de Quito canten. Pintar un graffiti musical, un graffiti con su propia banda sonora que se extienda veloz y polifónico, un graffiti que se alimente del pop y que vaya más allá del pop, un graffiti que se incruste en la memoria auditiva de la ciudad y que pueda ser recordado en los instantes más mundanos.
Componer una melodía de aerosol, partir de lo sensible hasta desembocar en lo político, oír a Juanes, construir barquitos de papel con las noticias sobre las famosas rondas de negociaciones, jugar con lo trivial, siempre jugar.

Tengo La Camisa Negra surgió del avatar y del tedio; de la inspiración y la impronta, fue un relámpago, un latido que rebasaba letanías y parafernalia política, fue simplemente dejar que las casualidades construyan los intentos. Escuchaba la canción de Juanes y quería decir algo contra el TLC, la tormenta inventaba nuevos héroes anónimos, jóvenes trapecistas del asfalto desafiaban a la gravedad y al granizo. Yo en el medio, secuestrado por la ciudad, la mente girando como un frisbee, intentando escapar de la lluvia y la ira de los conductores, ahí apareció, simplemente apareció, lo escuché y sonó a pintura, a grillo sonámbulo y a miles de rostros iluminados por la curiosidad y el pop. Lo diseñé vertical, lo escribí en el parabrisas empañado del auto con la emoción de un niño que resuelve una ecuación de segundo grado.

Salí vivo del tráfago, compré pintura y con dos amigos empezamos a pintar el acróstico. Después de verlo en la pared los temores se esfumaron y la canción fue inundando de velocidad y oxígeno la ruta; era un nuevo graffiti, una provocación compuesta de adrenalina, guitarra eléctrica, guardia dormido, media luna y un swing, una naturalidad que podía hacer viajar la frase como brisa y contraseña; como centella y canción de cuna. Misión cumplida, ¡viva Juanes!

Tengo La Camisa Negra es un graffiti que subvierte el establishment desde el pop. El poder ha usurpado los símbolos de la heroicidad popular, el Che fue convertido en una mercancía más y cientos de utopías se venden en supermercados. El poder ha transformado lo trascendente en banal y de hecho lo sigue haciendo, por ello pagarle con la misma moneda, utilizar un símbolo pop, una canción que se repite por todos lados como himno del desamor, convertir esa canción en una melodía política que incitaría al público a cuestionarse sobre la transparencia de un tratado tan publicitado.

Creo que también este regreso a las andanzas fue actuar dentro de una situación límite con un recurso inesperado. Tengo La Camisa Negra es un canto épico al desamor y al mismo tiempo a la sobre vivencia, a quedarse deshabitado con la camisa negra como vestimenta emblemática de la soledad. Yo traslado la letra de Juanes a una coyuntura específica donde Ecuador puede perder lo que le queda de alma si vuelve a dejarse extorsionar por los nuevos agoreros del librecambismo, sino pregúntenle a México o simplemente estudien las estrategias de crecimiento económico de las grandes potencias, todas ellas basadas en consolidar primero el mercado interno.

Estoy aburrido de los mensajes pintados en las paredes que repiten consignas trilladas y predecibles, creo que todo tipo de rebeldía tiene que ser poética y rítmica. Cortázar dijo que no creía en los revolucionarios de caras largas y trágicas. Definitivamente, hay que partir desde un desafío estético para provocar todo proceso de liberación de la conciencia colectiva. La idea es dejar que la mente deambule libre, se aventure por las cornisas, combine partituras y frases inconexas mientras el smog acelera al tiempo.

La canción de Juanes sigue contando su propia historia, la del amante embrujado y del amor desencantado, del precio que se paga cuando se apuesta todo por otra persona que al final nos traiciona. En la famosa melodía de Juanes el amante termina quebrado, esperando con las maletas de la audaz engañadora en la puerta de la casa, el tipo pierde la calma, llega a un estado de profanación y herida; queda casi sin nada y después del desengaño y el luto solo le queda la camisa negra como impronta del sobreviviente. Yo siento que vivo en un país que va acumulando lutos y sobrevivientes, en el que el desencanto es un idioma recurrente, es el alpiste y la furia, la ausencia y el absurdo.

Creo que a Juanes no le interesa el TLC, de hecho si ve el graffiti lo tomaría como una nueva forma de marketing de los grupos subalternos que en última instancia favorecen la venta de su imagen. Es verdad, pero también es cierto que es posible jugar, aunque sea desde los escombros, desde la primera estrella fugaz, desde la negación y la euforia; siempre es posible construir nuevos discursos con bandas sonoras ajenas y la voz de músicos que se propalan sin cansancio entre masas aparentemente ciegas. La magia está en revertir lo admitido y convertirlo en incógnita, gracias Juanes.

Thursday, August 03, 2006

Si pudiera juntar todos los papeles con ofertas que he recibido en calles, avenidas, centros comerciales, burdeles...
Si juntara todas esas volantes podría imprimir una enciclopedia, una enciclopedia de días vendidos y lluvia.
Cuántas ofertas, cuánta luz divina esparcida entre arrabales y fiebre, cuánto papel picado, cuántos años que se van entre bombos, platillos y nubes vagabundas. Al fin y al cabo estamos ciegos, somos raudos para comprar y vender papeles, solemos escondernos del sol.

Sunday, July 09, 2006

CORTAZAR O LA ANTI-FRONTERA



Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante.

Julio Cortázar


État second , el estado de máxima plenitud creativa del que hablaba Julio Cortázar, en el que conjugaba concentración y abstracción para poder escribir de una forma rauda, impredecible y totalmente exacta. ¿Es posible creer en esa pócima de tiempo en la que las palabras fluyen sin control ni destinatario hilando certeramente el delirio extenuante y pictórico que padece el escritor?. No sé, a Cortázar le funcionaba y era su forma de vida, una actitud frente al mundo que se plasmaba en una narrativa donde las fronteras que separan lo real de lo imaginario o la concentración de la abstracción, o el miedo del placer; todas esas fronteras terminaban siendo límites evanescentes o simplemente dejaban de existir.

Para qué las fronteras diría Cortázar, de hecho su obra es una propuesta por la anti-frontera, por el perímetro de libertad donde la soberanía del ser no está en su demarcación objetiva sino en la capacidad del desdoblamiento, el déjà vu, la ciencia de la ubicuidad, los paréntesis de realidad que aparecen como agujeros negros o como llamadas perdidas en un celular que nos encontramos en el inodoro del baño de un bar. La anti-frontera, la simultaneidad inconclusa del que narra, del que vive y del que lee.

Demasiados cuentos afectados por el mismo síndrome, historias desmesuradamente inasibles, circulares, lineales, elípticas, que van y vienen desde diferentes niveles de conciencia haciendo inútil la búsqueda de una sola posibilidad interpretativa, convirtiendo la perplejidad y el deslumbramiento del lector en el punto de llegada obligado después de viajar por sus cuentos. Los ejemplos donde esa ausencia de fronteras marcan a la obra son múltiples: “Las babas del diablo”, “La noche boca arriba”, “Axolotl”, “Distante espejo”, “Apocalipsis en Solentiname”, por citar algunos.

En Cortázar la necesidad de vivir en Etat second era indispensable, hablamos de un escritor que vivía atravesado por esa ambigüedad existencial entre lo fáctico y lo ilusorio, entre el espejismo y la verdad; un tipo de arrobamiento consciente que le daba la confianza necesaria
para aventurarse desde cualquier zaguán de su inconsciente o desde cualquier recodo apenas atisbado; bastaba un indicio, un guiño de la realidad tan promiscua para llevar a sus personajes y al lector a ese territorio libre, variable, musical en donde lo mágico termina trastornando códigos, referentes y metodologías.

El juego como una forma de auto defensa frente a una realidad extenuante y coercitiva, el homo ludens como desafío evolutivo que le permitía ir más allá del temor y el sentido común. Probablemente ningún otro escritor dio al juego la dignidad literaria que Cortázar ni hizo del juego un instrumento de creación y de exploración artística tan dúctil y provechoso. Pero diciéndolo de este modo tan serio, altero la verdad: porque Julio no jugaba para hacer literatura. Para él escribir era jugar, divertirse, organizar la vida –las palabras las ideas- con la arbitrariedad, la libertad, la fantasía y la irresponsabilidad con la que lo hacen los niños o los locos (Vargas Llosa,2003:15).

Esa capacidad para dejar que el juego gobierne sus escritos, sin perder de vista su determinación para seducir al lector, para obligarlo a remontarse a territorios baldíos y peligrosos dónde las certezas terminan siendo tan inútiles como volátiles; esa habilidad, a ratos, demasiado explotada es la que permite hablar de una obra soberana, entendiendo la soberanía no como la posesión de algo sino como una actitud vital o un estado de alta conciencia. El lector nunca sale de los laberintos Cortazarianos, pero es ahí en esa búsqueda aparentemente inútil donde aparece un ser soberano, capaz de proyectarse con la misma velocidad con la que lo hace su creador, la obra se convierte en un pretexto para alcanzar el mítico Etat second.

“Las babas del diablo” nos encuentra con un narrador que inicia el relato confesándonos su pánico, su urgencia por encontrar una persona narrativa que no se desintegre en medio de la historia. El sometimiento al azar del creador es intimidante: Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo. Si me sustituyen, si ya no sé qué decir, si se acaban las nubes y empieza alguna otra cosa (porque no puede ser que esto sea estar viendo continuamente nubes que pasan, y a veces una paloma), si algo de todo eso…(Cortázar,2003:215). Siguiendo la metodología del desastre, el autor cambia constantemente de personas narrativas, por un momento se encuentra un cierto equilibrio, una aparente lógica que transparenta una sucesión de hechos inverosímiles pero que por alguna extraña razón no están tan lejos de lo que podría ser un cuento. Sin embargo al final, el extenuante pánico del escritor se vaporiza, deja de ser un sentimiento estable, ya es una secuencia de nubes alegres; termina dejando la posta al lector en la misma condición del autor, frente al cielo sin saber dónde quedó la historia ni hacia dónde fueron sus personajes. La sensación ingrávida de personajes, narrador y lector se constituyen en la alucinante propuesta de un director de orquesta para quién contar no es sinónimo de certeza ni de realidad. Contar es borrar todo lo aprendido, es someterse a una causalidad de lo inesperado, contar es diluirse junto a las palabras, personajes y sucesos. Cortázar solo es fiel a su Etat second, el lector que no entiende el juego pierde y se decepciona o simplemente vuelve a ser el mismo. La frontera entre lo que se vive y lo que se lee desaparece, siempre tiene que desaparecer porque Cortázar así lo quiso, porque las fronteras son artificios humanos, porque lo humano no tiene frontera.




BIBLIOGRAFIA

Vargas Llosa, Mario. La trompeta de Deyá. Cuentos completos. Por Cortázar Julio. Santillana, Madrid,2003.

Cortázar, Julio. Cuentos completos 1. Santillana, Madrid, 2003.

Tuesday, June 13, 2006

Memorias de un otoño en New York,

17 de Septiembre de 2001, 10 de la noche.
Una semana después del atentado contra las torres gemelas, camino por Manhattan, el viento helado, la provocación insana del vaho de los caídos, una impronta saturada de olor a carne quemada que fluye desde los escombros del World Trade Center.
Hay un homeless que dormita en la puerta de una iglesia, junto a él un carro de compras metálico repleto de zapatos viejos, revistas y envases de gaseosa. Hay una luz anaranjada que cae perpendicular sobre el rostro de barba blanca de este extraño sobreviviente. En su rostro dormido encuentro una sensación de paz, es como si ese viejo mendigo fuese un ángel, creo que los ángeles no tienen alas, ni trabajo, ni hogar, simplemente sobreviven y saben soñar entre los escombros.

6 de la tarde, ésta es la ciudad más vertiginosa que he podido encontrar, el tiempo parece una fantasía porque es demasiado real: los subways repletos de viajeros, todos tan diversos e insuflados de la misma determinación. La mayoría escuchan música en sus walkmans, o hablan por celular, todos tienen la mirada perdida en un horizonte inasible. Esta ciudad es la estampida más cruel e irrealizable. Al salir del metro, respiro un aire más liviano, pero encuentro la misma determinación, una ciudad que no se detiene, no hay treguas, el límite es el cielo, un cielo impenetrable, anárquico y azul.

Monday, May 22, 2006

Bache

¿Se puede apagar el fuego que consume los días, las horas, los meteoros que rondan nuestra amnesia?

No hay una razón lo suficientemente definitoria que prevalezca, que se imponga entre maullidos y besos que nos despiertan en medio de nuestros lechos más solitarios que el sol, más sedientos que el sol, más poderososos que el sol.